Memoria como conocimiento

Conocimientos

La memoria como conocimiento dentro de nuestra comunidad sirve como una herramienta poderosa para preservar y transmitir las historias. Es importante destacar la diferencia entre, por un lado, las historias, que son las particulares, los relatos de vida, las biografías; y por otro la Historia, esa con H mayúscula, que es la que se registra y queda escrita para la posteridad. En este sentido, las culturas y las resistencias individuales y colectivas queer, a través de generaciones, han formado parte de esos relatos de vida particulares, es decir, de aquellas voces que, en realidad, no han tenido voz propia a los ojos y oídos de la Historia. Como ocurre con los testimonios de las clases bajas, el lumpenproletariado, las personas analfabetas, y un largo etcétera de voces desahuciadas de la Historia con mayúsculas, los relatos de vida queer son o han sido sistemáticamente borrados. Quedan los registros oficiales, aquellos relativos al poder y su clasificación de las disidencias (archivos policiales, fichas médicas, registros de detención en redadas, etc.). 

Por eso, entre otras muchas razones, es importante compartir los relatos de vida. Muchas veces, los testimonios en primera persona son lo único que tenemos para conocer todas las otras cosas que ocurrían en los márgenes, a escondidas del poder, en la clandestinidad o el ostracismo. Las personas del colectivo recurren a sus recuerdos y experiencias vividas para construir narrativas que documenten las luchas, los triunfos y las contribuciones a veces desapercibidas o incluso silenciadas. Eso revaloriza los testimonios que se han visto sistemáticamente cuestionados o despreciados por parte del canon historiográfico. 

La memoria como conocimiento abarca historias personales, historias orales o no constatables en los archivos oficiales, materiales de archivo queer y metodologías de deconstrucción queer de la noción misma del archivo, pero también artefactos culturales que iluminan la diversidad y complejidad de las identidades y experiencias. Al centrar la memoria como conocimiento, las comunidades LGTBI reclaman sus propias narrativas, cuestionan el borrado y la marginación, y reescriben el lugar que les corresponde dentro de contextos sociales e históricos más amplios. 

La memoria como conocimiento sirve, en definitiva, como catalizador para el diálogo y la comprensión intergeneracionales, entre el centro y las periferias, entre la visibilidad y el ocultamiento, entre la esfera cisheteropatriarcal y los márgenes. Fomentando conexiones entre las personas mayores y las generaciones más jóvenes, se anima a las personas a aprender del pasado mientras imaginan juntas, y a dar forma a un futuro fuera del régimen normativo.

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Conexiones intergeneracionales

Son los vínculos sentimentales que se establecen entre gente de diferentes edades. Poder sentirse conectadas con las generaciones más jóvenes proporciona a las personas mayores LGTBI una seguridad de que no van a estar solas en la última etapa de su vida, y sobre todo las consuela de su propio valor. Puesto que muchas personas del colectivo no cuentan con nietos, eso automáticamente supone que los lazos familiares intergeneracionales se tienen que cubrir por otras redes o fuentes. Por ello, la existencia de servicios de socialización y de actividades creativas es de suma importancia. Por otro lado, la memoria colectiva de la que son portadoras las personas mayores es particularmente relevante para la historia LGTBI, y para que se mantengan vivas las dificultades, las luchas y las estrategias de supervivencia que han empleado las generaciones mayores.

Diversidad

El fomento de la tolerancia hacia la gente LGTBIQ. Para muchas personas del colectivo, el término suena apolítico o falto de dimensiones de poder. Atribuir las identidades y deseos de la comunidad a una mera variedad o heterogeneidad natural puede resultar peligroso, cuando no se tiene en cuenta que en la mayoría de las ocasiones, lo diverso es concebido como lo que sale de la norma, lo raro, lo diferenciado, y ahí sí que opera una implícita distancia de poder. Cuando las empresas hablan de inclusión y diversidad, o de reconocer nuestras diferencias, a menudo exotizan a “lo otro” o ven la sexualidad y la identidad y expresión de género como un mero añadido. En realidad, se trata de un eje transversal, que debería leerse bajo una mirada compleja, interseccional.

Daniel Bernabé considera la diversidad una trampa neoliberal, y hace una crítica a las izquierdas actuales por haber sustituido, según él, la noción de clase por la de identidad; de haber dispersado las luchas de la clase trabajadora y, en su lugar, haber fomentado lógicas identitarias que dividen más las causas sociales. Lo que obvia esta lectura es que la idea de la diversidad en sí no es mala; y que no se ha transformado de repente a neoliberal, al menos no más que otros valores. La acción colectiva es un reto para nuestra comunidad, que no por aglomerar tantos acrónimos, se ha individualizado o despolitizado.