La dimensión relacional es importantísima para la gente mayor del colectivo, y sus experiencias de exclusión tienen mucha relevancia al respecto. Para una gran parte de nuestra comunidad, la aceptación o la inclusión no vinieron cuando las necesitamos, es decir, en etapas de gran necesidad de apoyo y acompañamiento, como la infancia o la primera juventud. Salvo por algunas excepciones, nuestra integración ha sido casi siempre condicionada: primero, por nuestra valentía de salir del armario , pues hay mucha gente perteneciente al colectivo LGTBI, que no ha podido o querido dar ese paso hacia una identidad pública; segundo, por las condiciones de reconocimiento y aceptación que nos imponen desde fuera (nuestro grado de asimilación social, los dictámenes normativos , los cánones impuestos cisheterosexistas, etc.); y tercero, por los niveles de estrés que experimentamos en nuestra vida cotidiana, el llamado “estrés de minorías”. ¿De dónde viene, en el contexto español, esta noción de norma y disidencia de género y sexualidad? ¿Cuáles son las herencias de nuestra historia política y social reciente, y cuáles sus implicaciones normativas?
Durante la dictadura franquista, tanto la Ley de Vagos y Maleantes (desde 1954 también para las personas homosexuales, la ley existía desde 1933) como la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (1970) penalizaban y encarcelaban a las personas disidentes de género y sexo por el mero hecho de serlo. Después de unas comprobaciones absurdas y precarias, los homosexuales considerados “activos” se destinaban a la cárcel de Badajoz, mientras que los considerados “pasivos” eran destinados a Huelva, donde eran sometidos a exámenes somáticos clínicos humillantes y problemáticos (Mora, 2015). A la sociedad se le imponía, mediante la educación y la propaganda cultural, los valores nacional-católicos, una amalgama de principios fascistas, nacionalistas y católicos fundamentalistas que, mediante estrategias de terror y censura, pretendían erradicar toda disidencia política e ideológica y, también, toda disidencia de género y sexo. La idea del contagio de la “enfermedad de la homosexualidad”, potencialmente convertible en epidemia, resonaba en muchos sectores sociales.

Los estereotipos estaban muy arraigados en proyectos de eugenesia de mediados del siglo pasado. Bajo esa visión, lo “homosexual” era un cajón de sastre, donde se solía meter a personas gays y lesbianas, personas trans, travestis y, en general, cualquier persona con expresión de género alternativas, o disidente de la norma y la convención. A partir de los años 70 se populariza la expresión “tercer sexo”, una noción equiparable (Mora, 2015, p. 177) donde se metía a toda persona que perteneciera al margen del sistema sexo/género, y que en definitiva no cumpliera con los requisitos para ser considerada “normal”. Es durante esta época que se popularizan también otros términos, ya muerto el dictador y desde un tipo de nueva prensa y nueva literatura que se acerca a las disidencias de género y sexo de otra manera. Es el momento de leer palabras como “homofilia” o la noción anglosajona “gay”, que sí ha perdurado a lo largo del tiempo.

 

Si nos fijamos, todas estas cuestiones previas, la censura, la violencia , los estereotipos y prejuicios, además de someter a la población a los rígidos mandatos de la norma, hacían muy complicado que nos conociéramos, que socializáramos y nos expresáramos de forma abierta, segura e inmediata. Aunque existió una rica y variada vida clandestina, de bares, lugares de encuentro y espacios subrepticios, los mediadores de nuestra existencia eran casi siempre las instituciones del estado (cárceles, calabozos, comisarías, registros), filtradas por los discursos fundamentalistas católicos, la ciencia conservadora, las restricciones y limitaciones, y el grueso de la sociedad que mantenía el silencio como medio de autocensura y supervivencia. Esas dificultades hacían enormemente complicado el reconocimiento y la socialización para personas del colectivo.

Precisamente, las generaciones que pasaron por aquellos procesos son ahora las que habitan la vejez, después de haber transitado por múltiples cambios de representación política y cultural, y frente a un escenario completamente nuevo. Es un escenario de reconocimiento social y cultural del colectivo, ciertamente, que a su vez expulsa del imaginario la vejez y los cuerpos no normativos. Aquellas personas que han compartido experiencias de violencia institucional (prisión, calabozo, internalización forzosa, etc.) era difícil hablar o siquiera identificar la existencia de comunidad alguna (y esa era en gran medida la función de la represión). Hoy tenemos la oportunidad de hacer las cosas de otra manera. Es momento de replantear cómo tejemos las relaciones, y si es posible que imaginemos otros modos de relacionarnos en nuestra comunidad, basados en la intergeneracionalidad , la escucha, la mentoría, el aprendizaje y el cuidado. Es fundamental para nuestra propia identidad pertenecer a grupos de iguales, compartir experiencias y ejercer la escucha. Ahí reside también la disparidad en las visiones de vida, lo cual no implica que no puedan tejer entre todas comunidad , al contrario.

“este cambio a muchos les ha llegado muy tarde. Porque todo ese estar en un shock postraumático de toda la vida, haberte dicho que eres una mierda… sin que se te admite tu propia familia….”

Esta sección trabaja temas de socialización, poniendo el pasado y el presente en conjugación.

Aceptación

El proceso de reconocimiento social que se basa en asumir las diferencias y la otredad, y no solo tolerarlas sino validarlas. Eso supone lidiar con sentimientos de frustración y asumir que no tenemos poder para controlar o modificar aquellas partes de las otras personas que no nos gustan o no son afines a nuestras expectativas.

Inclusión

Los esfuerzos por incorporar la idea de una convivencia con diferencias en armonía. La inclusión se basa en principios como la cooperación y la no discriminación. No impone modelos de asimilación forzados, sino que incentiva colaboraciones, comunicaciones fluidas y oportunidades de aprendizaje mutuo. Incluir implica tolerar las diferencias y asumir las responsabilidades históricas de exclusión. Aunque a veces la existencia de políticas o espacios no mixtos es importante para el desarrollo propio y colectivo, la inclusión efectiva es la enseñanza de una apertura hacia el mundo con todas sus contradicciones y dificultades.

Armario

Una metáfora muy extendida en la comunidad LGTBI, que describe el proceso de hacer la identidad/orientación sexual o la identidad de género pública al entorno. Varios análisis teóricos han subrayado que dicha metáfora es particularmente occidental, en el sentido de que el armario es un mueble “íntimo”, privado, de almacenamiento de ropa y otros objetos cotidianos de suma importancia, que configura al individuo como tal. Esa perspectiva individualista ha organizado todo el edificio de Occidente a nivel antropológico, también en términos generizados, con efectos claramente biopolíticos (Sáez, 2023; Sedgwick, 1990). Los límites entre el adentro y el afuera, lo privado y lo público, la esencia y la apariencia, tan marcadamente pronunciados por el armario, son igualmente binomios que ordenan las relaciones entre mujeres y hombres a lo largo de los siglos. Salir del armario es un acto metafórico, pero también cargado de simbología; se presupone que las personas LGTBI nacen encerradas dentro de él, escondidas, y que el movimiento de liberación supone que salgan a la luz y lo abandonen. En realidad, las salidas del armario son constantes a lo largo de nuestra vida.

Normatividad

La normatividad contempla de forma tanto sistémica como estratégica formas de comportamiento que no permitan alternativas o diferenciaciones. Se trata de cumplir con los dictámenes de la regla imperante, y hay sanciones o castigos para quienes intentan subvertir o desafiarla. En los estudios de género, las normatividades más comúnmente distribuidas son el machismo/sexismo, la heteronormatividad (presuposición de heterosexualidad o heterosexualidad obligatoria), la homonormatividad (reproducir estereotipos de homosexualidad y esquemas hegemónicos de entender la orientación sexual), la cisnormatividad (presuposición de cissexualidad o congruencia entre sexo asignado e identidad de género) y la transnormatividad (la idea de que las personas trans deben tener trayectorias claras de “hombre” a “mujer” o viceversa, y que tienen que seguir los cánones generizados binarios).

Escándalo social/público

Las acusaciones de impertinencia e inmoralidad dirigidas a hábitos, conductas e identidades que salen de las normas de sexualidad y género. Basadas en pánicos morales, dichas acusaciones fomentan la repugnancia, el juicio, e incluso el odio contra las partes implicadas. Las personas consideradas escandalosas se perciben como amenazantes para el orden establecido. En el contexto español, esta noción ha sido particularmente cargada de significado, puesto que fue la que se empleó para sustituir la ley de peligrosidad y rehabilitación social que se derogó en 1978.

Violencia

Un atentado contra la integridad física y mental de una persona por razones de LGTBIfobia y prejuicio. Las violencias de este tipo están recogidas en la mayoría de países occidentales como delitos de odio, y se sancionan como tales. Más allá de las concepciones legales de la violencia, tienen especial interés sus componentes éticos. Una manera ética de plantearnos la violencia es si entendemos el daño infligido contra la persona como vulneración de su personalidad y su bienestar, y como algo no sólo digno sino preciso de ser reparado con la mayor prioridad posible.

Las microviolencias son otro parámetro relevante. El prefijo micro- no es por menospreciar ni su impacto ni la fuerza de su implementación. Al contrario, es por señalar que muy a menudo son tan sutiles que pueden pasar desapercibidas. Las microagresiones pueden detectarse en comentarios, miradas o movimientos de desprecio, predisposiciones negativas, elecciones que parezcan inconscientes (por ejemplo, la elección de organizar un evento LGTBI pero sin representación de personas intersex), y una larga lista de comportamientos hostiles.

Conexiones intergeneracionales

Son los vínculos sentimentales que se establecen entre gente de diferentes edades. Poder sentirse conectadas con las generaciones más jóvenes proporciona a las personas mayores LGTBI una seguridad de que no van a estar solas en la última etapa de su vida, y sobre todo las consuela de su propio valor. Puesto que muchas personas del colectivo no cuentan con nietos, eso automáticamente supone que los lazos familiares intergeneracionales se tienen que cubrir por otras redes o fuentes. Por ello, la existencia de servicios de socialización y de actividades creativas es de suma importancia. Por otro lado, la memoria colectiva de la que son portadoras las personas mayores es particularmente relevante para la historia LGTBI, y para que se mantengan vivas las dificultades, las luchas y las estrategias de supervivencia que han empleado las generaciones mayores.

Comunidad

La noción de comunidad es fundamental para las personas LGTBI. Nuestras identidades, deseos y trayectorias vitales difieren de forma significativa, pero por las formas de que nos excluyan, por el tipo de bullying y de discriminación que recibimos, así como por las sinergias y estrategias de superación que activamos, compartimos un espacio común. A veces, el imaginario colectivo tiende a ver a la comunidad LGTBI como un ‘cajón de sastre’, donde ya cabe cualquier cosa que no es ‘normal’ para él, o de forma diametralmente contraria, como una entidad muy rígida e indiferenciada. Incluso dentro de la propia comunidad, existe la sensación de que las voces y las demandas son muy distintas. En los últimos años, hemos visto surgir desigualdades y choques entre varios grupos identitarios y sociales dentro del colectivo. Sin embargo, nuestra exclusión solo se puede rebatir y contestar de forma organizada, colectivizando saberes y malestares. Nuestra manera de crear y sostener ‘la comunidad’ es importante que sea fluida, y no restringida por categorías y definiciones rígidas.