Las personas adultas mayores pueden enfrentar desafíos de mental y emocional, como la depresión, la disociación, la catatonia, la ansiedad, entre otras sintomatologías. Es fundamental comprender que son cuestiones estructurales, y no individuales, las que causan la mayor parte de estas dificultades. Entre otros factores, encontramos aquí la discriminación, la exclusión social , el estigma persistente, y las demás violencias . En muchísimas ocasiones, la psicopatología en la comunidad LGTBIQ+ se produce como resultado de la marginalización, y no por una propensión intrínseca (Allory et al., 2020).

 

Las identidades y sexualidades excluidas cuentan además con una profunda invalidación, puesto que han sido históricamente responsabilizadas de esos síntomas y estados anímicos. Si una persona del colectivo se suicida, el discurso imperante es más fácil que evite la responsabilidad, y que individualice el suceso. Si miembros del colectivo son más proclives al consumo de sustancias, es probable que se las acuse de hedonismo y debilidad, en vez de examinar las razones que conducen a la gente a dichas dependencias.

Esa configuración social sí que puede tener un componente de profecía autocumplida: se supone que, cuanto más altos los indicios de exclusión por cuestiones de orientación sexual y de identidad de género, mayores serán las probabilidades de sufrir algún tipo de problema de salud mental. Quien no cumple esa expectativa supuestamente muestra “resiliencia”, “superando su destino”. Esta visión no interroga en absoluto los propios mecanismos de exclusión, sino el último engranaje del sistema de opresión sexogenérica.

El envejecimiento a menudo implica experimentar pérdidas y enfrentarse más a pensamientos relacionados con la muerte. Las formas de afrontar la pérdida varían, y generan aún más desigualdades. Las personas con acceso a amigxs y redes metabolizan mejor el dolor y el luto, y consiguen llenarlos de sentido, narrarlos, compartirlos, atravesarlos.

Desarrollar mecanismos de afrontamiento, buscar ayuda y fomentar habilidades de gestión emocional son esenciales para el bienestar de aquellas personas que se sienten frustradas o abrumadas por la pérdida. Si juntamos a las pérdidas y los miedos la culpa y la vergüenza acumuladas en muchas ocasiones como resultado de la exclusión por razones de orientación sexual o identidad y expresión de género, nos encontramos frente a un ensamblaje de desafíos.

Por suerte cada vez contamos con más recursos de atención a la salud mental por parte de profesionales que comprenden las especificidades del colectivo LGTBI+, consulta nuestro apartado de RECURSOS para verlos. ¿Conoces o utilizas otros? Recuerda que puedes compartirlos en la sección PARTICIPA.

Desafíos del cuidado

El principal reto de salud concerniente a nuestro colectivo son las crecientes desigualdades, debidas al elevado número de factores de riesgo, en combinación con otras intersecciones asociadas a la identidad LGTBIQ. Muy a menudo, las personas renuncian a ser vistas como dependientes, mientras que otras no se consideran merecedoras de ser cuidadas. El cuidado es un trabajo altamente feminizado, que en las últimas décadas se asume cada vez más por centros de día, servicios residenciales y profesionales de enfermería especializados; con lo cual hay mucha carga en su empeño, y a menudo se renuncia a ejercerlo. De los desafíos más grandes actualmente es volver a plantear cuidados desde la interdependencia, sin ceder plenamente las funciones a inteligencias artificiales ni perder de vista las complejidades de nuestra comunidad.

Exclusión

Una serie de prácticas que conducen a ciertas personas hacia los márgenes sociales. Excluir no implica necesariamente desposeer a las personas de oportunidades o recursos de forma activa. En varias ocasiones, funciona a nivel tácito. El sistema que genera las exclusiones no suele ni nombrarlas como tales, ni asumir la responsabilidad sobre ellas. Las personas excluidas, sin embargo, percibirán las barreras a la hora de no poder participar de los espacios públicos, las opciones y las dinámicas cotidianas de la forma que ellas deseen. La exclusión es un elemento necesario para la construcción de la identidad; al fin y al cabo, nos definimos a través (también) de lo que no somos. Pero cuando la exclusión no es simplemente constitutiva, sino que implica la ejecución de violencias, entonces hablamos de exclusión social, de prácticas de silenciamiento, o de estigmatizar la otredad.

Violencia

Un atentado contra la integridad física y mental de una persona por razones de LGTBIfobia y prejuicio. Las violencias de este tipo están recogidas en la mayoría de países occidentales como delitos de odio, y se sancionan como tales. Más allá de las concepciones legales de la violencia, tienen especial interés sus componentes éticos. Una manera ética de plantearnos la violencia es si entendemos el daño infligido contra la persona como vulneración de su personalidad y su bienestar, y como algo no sólo digno sino preciso de ser reparado con la mayor prioridad posible.

Las microviolencias son otro parámetro relevante. El prefijo micro- no es por menospreciar ni su impacto ni la fuerza de su implementación. Al contrario, es por señalar que muy a menudo son tan sutiles que pueden pasar desapercibidas. Las microagresiones pueden detectarse en comentarios, miradas o movimientos de desprecio, predisposiciones negativas, elecciones que parezcan inconscientes (por ejemplo, la elección de organizar un evento LGTBI pero sin representación de personas intersex), y una larga lista de comportamientos hostiles.