Las personas mayores LGTBI enfrentan una multitud de desafíos vitales únicos, derivados del cruce de la orientación sexual o identidad de género con los procesos de envejecimiento. Estos desafíos abarcan varios aspectos, incluidos el estigma edadista o el aislamiento social debido a la discriminación y a la falta de apoyo familiar, elementos que se ven incrementados en muchas ocasiones por la pérdida de redes de apoyo y contactos a lo largo del tiempo. Muchos miembros de la comunidad luchan contra el estigma interiorizado y el llamado “estrés de minorías”, lo que genera problemas como ansiedad, depresión o adicción a sustancias, y empuja las historias de vida más hacia los márgenes.
La experiencia del envejecimiento puede suponer una profunda exploración de la identidad a través de preocupaciones existenciales, particularmente a medida que los individuos navegan por cambios en la salud, las relaciones (pérdidas, cambios, soledades) y las actitudes sociales. Las disparidades de salud, incluidas las barreras para afirmar la identidad, de acceder a tratamientos, o de recibir servicios especializados y sensibilizados, aumentan la experiencia de aislamiento y silencio. Lo mismo pasa a nivel logístico: problemas de vivienda, de pensión, de herencia y demás gestiones económicas, vienen a presionar aún más a la persona mayor. Posibles deudas, arreglos necesarios en el hogar, o préstamos que haya solicitado a lo largo de su vida, cuestiones que pueden incrementar los estados de estrés y preocupación, acrecentados cuando se producen, además, dentro de estadios de soledad no deseada y percepción de abandono. 

La interseccionalidad y el edadismo son herramientas conceptuales muy útiles para entender las particularidades concretas de este sector poblacional, con el objetivo de atender a sus necesidades específicas y generar al mismo tiempo un tejido preventivo para las situaciones de especial vulnerabilidad asociadas al envejecimiento LGTBIQ+. Hoy por hoy disponemos de datos que, si bien reconocen las diferencias entre las muy distintas realidades del colectivo, devuelven cierta homogeneidad en algunas experiencias, como una vuelta al armario en la vejez, el miedo y la exposición, la disparidad de necesidades sanitarias relacionadas con particularidades de las historias de vida, o formas de relacionarse similares, por señalar solo algunos factores que agravan aún más estos desafíos. 

Además, las personas mayores LGTBI a menudo enfrentan obstáculos legales y financieros, como la falta de reconocimiento legal de sus relaciones y una posible discriminación en la vivienda y el empleo (por mencionar solo unos). Abordar estos complejos desafíos de la vida requiere un enfoque holístico que afirme las identidades, fomente la autonomía y defienda políticas y servicios inclusivos para apoyar el bienestar y la dignidad de las personas mayores LGTBI.

Eso es hasta cierto punto inevitable, si mantenemos presente que ya de por sí, la propia existencia de esta comunidad está situada en una intersección. Según Kimberlé Krenshaw, la interseccionalidad hace que, si operan dos o más ejes de opresión sobre una persona, sea imposible nombrar a cuál de los dos se debe el efecto de la exclusión producida. Lucas Platero (2012) usa otra metáfora muy potente para comprender la interseccionalidad: la del espejo roto. Frente a él, cada trozo reflejaría nuestro cuerpo de manera muy distinta, algunos trozos serían más grandes que otros, y todos estarían distorsionados. La idea es que cada uno de esos fragmentos representa una característica nuestra, una parte de quiénes somos, por ejemplo mujer, lesbiana, mayor de 60, migrante. Estos fragmentos se harán más grandes o más pequeños (es decir, cobrarán mayor o menor importancia) en función del contexto en el que estemos, el entorno, la etapa de la vida, la situación, etc. Ninguno de esos fragmentos nos define completamente, todos se conjugan y se traducen en cada situación.
El edadismo es la discriminación por edad. No proviene siempre de la gente joven hacia la gente mayor, sino que puede surgir desde cualquier grupo de edad o generación contra otra. Según la lógica edadista, una persona es discriminada tanto por presuponerle ciertas características inhabilitadoras, como por no comportarse según los estándares y estereotipos asociados culturalmente a su grupo de edad. El edadismo en el caso de las personas mayores es estructural, y tiene que ver con la presuposición de que son dependientes, menos capaces, menos productivas, menos autónomas y con ideas retrógradas.

Aislamiento social

Se trata de todas aquellas dinámicas que facilitan la exclusión y marginación de las personas LGTBI. Los riesgos para dicha exclusión son múltiples y están entremezclados. Especialmente para la gente mayor, el problema es aún más grave, ya que a menudo los vínculos familiares están cortados o inexistentes, o no se cuenta siempre descendencia propia. La imagen de personas mayores abandonadas, que acaban muriendo solas y sin que nadie se haya dado cuenta, impregna el imaginario social muy a menudo. En multitud de ocasiones, la responsabilidad del aislamiento recae de forma desproporcional a las personas que lo padecen, de modo que parezca que son ellas las que eligen marcar su distanciamiento, y no la sociedad la que deliberadamente ordena la exclusión. Trabajar con el entorno, fomentar la inclusión y ofrecer recursos y redes de apoyo son estrategias para delimitar los efectos del aislamiento.

Estigma

La devaluación de una persona o un grupo social por ser portador de una cualidad o identidad despreciable por parte de la mayoría. El estigma se puede manifestar con ataques, insultos, prejuicios, actos discriminatorios, y demás modos. Es posible que tenga carácter anticipado también, aventurando potenciales rechazos antes de que o sin que ellos realmente se materialicen. Es difícil que las personas salgan del registro del estigma, puesto que incluye creencias muy arraigadas. La comunidad LGTBI ha sido durante mucho tiempo asociada a la peligrosidad, la marginalidad social, la enfermedad, pero también la tentación, el hedonismo y el contagio. El cuerdismo o mentalismo, es decir la tendencia a pensar que todas las personas son (deben ser) faltas de trastornos mentales o problemas cognitivos.

Relaciones de familia

Las relaciones de familia de las personas LGTBI son más proclives a ser desafiadas. Aunque cada vez más familias aceptan a sus miembros con sexualidades, identidades y expresiones no normativas, sigue habiendo mucho prejuicio, secretismo y dificultad en aceptar esos aspectos. Por ello, muchas personas LGTBI a menudo construyen sus propias familias elegidas para contrarrestar los vínculos familiares rotos o tensos, y para sustituir el sentido de pertenencia que no se le ha podido ofrecer en su infancia y adolescencia. También estamos evidenciando nuevos modelos familiares, donde la gente progenitora pertenece al colectivo. Esto ayuda a la redefinición de la noción de familia, que va transitando igualmente hacia modelos más flexibles.

Interseccionalidad

Considerada “palabra de boga”, significa el poder magnificador de varios ejes de opresión. Si una persona sufre discriminación o violencia por ser mujer y negra, por ejemplo, el género no es un parámetro aditivo a la raza, sino que se ve multiplicado en su capacidad de generar exclusión. No solo eso, sino que además esa sinergia de ejes de poder hace imposible que podamos verlos por separados; de ahí que, cuando nos “atropella un coche en la intersección entre género y raza”, no podamos distinguir qué coche ha sido el responsable.

Cuerpo

Para la gente LGTBI, el cuerpo es un lugar lleno de inscripciones. Solemos compartir violencias, dificultades, señalamientos, dolores tanto emocionales como físicos, y esto nos ata a procesos de encarnación compartidos. Esto significa que nuestros cuerpos no son receptores pasivos o materias fijas, sino que interactúan constantemente con su alrededor, integrando la parte material de los sentidos y las recepciones con la parte lingüística de los símbolos y los códigos.

Para lecturas queer, es imposible disponer de un cuerpo sin la mediación de afectos. Esa perspectiva fenomenológica (Ahmed, 2019) desactiva todas aquellas tradiciones del cuerpo como mero receptor pasivo del entorno. La parte subjetiva de experimentar el cuerpo, así como la parte relacional de compartir el cuerpo, o de verlo en un contexto, dan una perspectiva activa, dinámica, co-construida. Eso saca la noción de cuerpo de los esquemas médicos, que lo disectan, dividen, distinguen para entenderlo en partes. Deleuze y Guattari (2004) hablan de un cuerpo sin órganos, es decir de un cuerpo no regulado o restringido por los mandatos y las estructuras impuestas sobre sus partes. Se trata de una metáfora de fluidez y liberación del cuerpo de aquellas lecturas homeostáticas tradicionales. Es importante para nuestro colectivo vernos los cuerpos en sintonía, en comunidad, en flujo y en transformación, y alejarnos de los mandatos de un “cuerpo estándar” o “normal”.

Edadismo

Es la forma de discriminar a las personas por su edad, independientemente de si quien discrimina es mayor o menor, pero sobre todo atenta contra los procesos de envejecimiento. El sesgo edadista puede expresarse mediante actitudes negativas contra la gente mayor (o de edades que no sean la nuestra), prácticas abiertamente hostiles, o políticas que perpetúan estereotipos y dificultan la vida de la gente implicada. El sentimiento de base es, en la mayoría de los casos, un profundo miedo a la muerte, pero además al sufrimiento, el deterioro o desgaste corporal, la pérdida de la juventud y sus virtudes. Muy cercano al prejuicio edadista es el capacitista: un cuerpo que no es funcional según los dictámenes imperantes de trabajo y productividad capitalista, no sirve. La pandemia de la covid-19 pronunció esas dimensiones de la intolerancia, ya que expuso a las personas ancianas a mayores niveles de vulnerabilidad.