Desafíos de vivienda y económicos

Desafíos de vida

Dentro del conjunto de necesidades básicas para el ser humano, se encuentra el de una vivienda digna. Asociar la dignidad a la vivienda tiene que ver con enmarcar los parámetros del desarrollo personal y social dentro del bienestar y lo saludable. Por tanto, la vivienda digna es un derecho, es decir, algo a lo que todas las personas deben tener acceso. Sabemos, no obstante, que las crisis financieras consecutivas de las últimas décadas producidas por las políticas neoliberales occidentales, han generado graves movimientos especulativos que, todavía a día de hoy, van aumentando progresivamente las desigualdades. 

El problema de la vivienda, entendida como un efecto de la desigualdad social, afecta especialmente a los grupos vulnerables, entre los que se encuentra el constituido por la gente mayor. Los problemas residenciales de la gente mayor, como indica Bosch (2006), “se pueden estructurar en grandes grupos: los problemas de accesibilidad y movilidad; las infraviviendas y las necesidades de rehabilitación; los problemas vinculados al régimen de alquiler; y las dificultades de accesibilidad económica.” 

Está ampliamente demostrado que unas condiciones negativas de vivienda, o la dificultad para el acceso o mantenimiento de la misma repercuten negativamente en la salud física y la salud mental (Novoa, Bosch, et al. 2014). Dentro de los sectores considerados como vulnerables se encuentran aquellos colectivos que por sus condiciones dadas han sufrido o pueden sufrir discriminaciones que, por su carácter estructural, afectan a cuestiones básicas, como el desarrollo laboral y el acceso a una vivienda digna.

¿En qué medida las dificultades de acceso a la vivienda van a afectar a nuestra vejez?

Gran parte de las personas mayores del colectivo, como se destaca en el informe realizado por la FELGTB en 2019, disponen de recursos limitados que dificultan el acceso a la vivienda. Las pensiones no contributivas, resultado de una trayectoria de discriminación sociolaboral que ha forzado a trabajos precarios o no reconocidos legalmente, han supuesto en muchos casos llegar a la vejez con perspectivas económicas muy limitadas que provocan nuevas exclusiones. 

En este sentido, se hace evidente que hay una parte del ámbito asistencial que debe cubrir las necesidades de las personas mayores del colectivo que presentan hoy dificultades específicas. Más allá de eso, es también relevante pensar cómo se ha impuesto un modelo tradicional de familia nuclear al que se le atribuyen además una serie de responsabilidades sobre los cuidados, asociados a los roles de género tradicionales que se sostienen sobre la desigualdad de las mujeres. 

Las últimas décadas de lucha feminista y el auge de las políticas de identidad y reconocimiento LGTBI+ han supuesto también el cuestionamiento de estos modelos de familia y de estos roles impuestos que mantenían las desigualdades. La ruptura de estos modelos hace también urgente replantear el sistema de cuidados y convivencia, así como de reconocimiento de nuevos vínculos familiares, afectivos y de responsabilidad, a la hora de afrontar el envejecimiento y prevenir la dependencia. 

Muchas personas adultas mayores del colectivo enfrentan barreras para acceder a opciones de vivienda seguras y afirmativas. Estas dificultades se deben a factores como recursos financieros limitados, falta de protección legal contra la discriminación basada en la orientación sexual o identidad de género, situaciones de irregularidad documental, y miedo a encontrar hostilidad o prejuicio por parte de los proveedores de vivienda, o las comunidades de vecinos. En ese sentido, deviene necesaria la creación de espacios de alojamiento especializados. La Fundación 26 de Diciembre, dedicada al cuidado y atención de personas mayores del colectivo LGTBI+ tiene puesto en marcha un proyecto de alojamiento para personas mayores del colectivo, la Residencia Josete Massa que se encuentra actualmente en proceso de obra.

 (Residencial Fundación 26 de Diciembre)

Esta demanda surge a partir de varios testimonios en los que personas mayores del colectivo, que debían ser ya institucionalizadas, contaban cómo el acceso a estos recursos ha supuesto una vuelta al armario. La percepción de vulnerabilidad al ser centros no especializados hace que, en muchas ocasiones, las personas mayores vuelvan a ocultarse por miedo. Una situación sobre la que hay que intervenir adicionalmente, para que todos los espacios sean seguros para todes, y que también nos lanza una pregunta, ¿dónde vamos a vivir cuando envejezcamos? ¿hemos pensado en nuestras propias necesidades residenciales, nuestras características familiares y posibilidades de vida para la etapa de nuestra vejez?

En este sentido, además de las necesidades asistenciales que deben cubrirse en la actualidad, es también interesante prestar atención a las diversas iniciativas que se están llevando a cabo para afrontar de otra manera la vivienda. En este sentido es interesante poner atención a iniciativas de vivienda cooperativa, feminista y LGTBIQ+ como La Morada en Barcelona, y las propuestas de algunos países europeos para la convivencia LGTBI+ de personas mayores, como el Housing First Queer del SchwulenBeratung de Berlín, o en Tonic Housing de Londres

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Respecto a los problemas relativos a recursos de vivienda, si damos un paso más allá de las situaciones de complejidad que se han comentado, encontramos que existe una parte del sector de mayores del colectivo que, por las dificultades de su trayectoria de vida y el recrudecimiento de ciertas condiciones, se encuentran en situación de sinhogarismo.

La exposición a condiciones extremas que produce el sinhogarismo empeora el estado del cuerpo de una manera acelerada. Un factor que aumenta considerablemente la vulnerabilidad en las personas LGTBI en situación de calle es, precisamente, pertenecer al colectivo y ser visibles. La falta de passing, es decir, de un aspecto normativo, puede aumentar las posibilidades de sufrir agresiones físicas, verbales o sexuales en albergues o casas de acogida, por lo que igualmente es necesaria la generación de espacios especializados que se perciban como recursos seguros

Cuando además de ser mayor y pertenecer al colectivo se suma la pobreza y la precariedad de recursos, se produce un incremento del estigma aumentado por la aporofobia. La aporofobia es la discriminación de personas en estratos bajos por prejuicios asociados a la falta de recursos; una persona pobre se asocia a la mala higiene, a la dejadez, a la falta de dinero, a la vulnerabilidad máxima, pero además, tiene que performar esas cualidades para “pasar de pobre”. Si una persona que concebimos como “pobre” tiene acceso a un smartphone, por ejemplo, eleva nuestras sospechas de si “realmente es” pobre. Esa visión solo aumenta los sesgos sociales y el pensamiento polarizado. 

Estos desafíos contribuyen a un mayor riesgo de inestabilidad habitacional, falta de vivienda y estrés relacionado con la vivienda, lo que subraya la necesidad urgente de políticas de vivienda inclusivas y servicios de apoyo adaptados a las necesidades únicas de nuestra población

Para aquellas personas que sí cuentan con cierto capital económico, la discriminación en los mercados inmobiliarios puede darse directamente por cuestiones relativas a la orientación sexual o la identidad de género, pero también por tener una edad avanzada o una situación de trabajo precario o no reconocido, como el trabajo sexual, lo que exacerba los sentimientos de vulnerabilidad e inseguridad

Abordar los problemas de vivienda en la comunidad de personas mayores LGTBI requiere entonces enfoques integrales e interseccionales que enfrenten las desigualdades sistémicas y promuevan la equidad y la inclusión en la vivienda. Esto implica abogar por políticas y protecciones de vivienda inclusivas a nivel local, estatal y federal para prevenir la discriminación basada en la orientación sexual, la identidad o la expresión de género. 

Además, se deben hacer esfuerzos para aumentar las opciones de vivienda asequible y ampliar el acceso a programas de vivienda de apoyo diseñados específicamente para la comunidad, garantizando que la vivienda no solo sea segura y asequible, sino también de calidad. Servicios de enfermería, de ayuda al domicilio, de asistencia en el día a día y asesoría sociolegal, de acompañamiento a instituciones, entre otros, son imprescindibles en ese sentido. 

Proporcionar servicios de apoyo específicos, como asistencia para la búsqueda de vivienda, programas de asistencia financiera y gestión de casos culturalmente competente, puede ayudar a mucha gente implicada a superar las barreras para una vivienda estable y acceder a los recursos que necesitan para prosperar en sus comunidades. En un ambiente político donde la vivienda parece cada vez más un lujo que un derecho fundamental, los esfuerzos de colaboración entre agencias gubernamentales, organizaciones sin fines de lucro, proveedores de atención médica y grupos de defensa del colectivo deben colaborar para abordar los desafíos multifacéticos de vivienda que enfrentan los adultos mayores LGTBI y crear entornos habitacionales que sean inclusivos, solidarios y afirmativos de todas las identidades.

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Normatividad

La normatividad contempla de forma tanto sistémica como estratégica formas de comportamiento que no permitan alternativas o diferenciaciones. Se trata de cumplir con los dictámenes de la regla imperante, y hay sanciones o castigos para quienes intentan subvertir o desafiarla. En los estudios de género, las normatividades más comúnmente distribuidas son el machismo/sexismo, la heteronormatividad (presuposición de heterosexualidad o heterosexualidad obligatoria), la homonormatividad (reproducir estereotipos de homosexualidad y esquemas hegemónicos de entender la orientación sexual), la cisnormatividad (presuposición de cissexualidad o congruencia entre sexo asignado e identidad de género) y la transnormatividad (la idea de que las personas trans deben tener trayectorias claras de “hombre” a “mujer” o viceversa, y que tienen que seguir los cánones generizados binarios).

Estigma

La devaluación de una persona o un grupo social por ser portador de una cualidad o identidad despreciable por parte de la mayoría. El estigma se puede manifestar con ataques, insultos, prejuicios, actos discriminatorios, y demás modos. Es posible que tenga carácter anticipado también, aventurando potenciales rechazos antes de que o sin que ellos realmente se materialicen. Es difícil que las personas salgan del registro del estigma, puesto que incluye creencias muy arraigadas. La comunidad LGTBI ha sido durante mucho tiempo asociada a la peligrosidad, la marginalidad social, la enfermedad, pero también la tentación, el hedonismo y el contagio. El cuerdismo o mentalismo, es decir la tendencia a pensar que todas las personas son (deben ser) faltas de trastornos mentales o problemas cognitivos.

Cuidados al final de la vida

El acompañamiento que se recibe en el proceso que conduce a la muerte, e intenta cubrir las tareas prácticas, las necesidades emocionales, la comodidad física, los planteamientos espirituales y demás demandas que surjan en esos momentos. El apoyo puede incluir cuidados paliativos o servicios, medicamentos e infraestructuras especializadas. Suele ser asumido por parte de personal geriátrico y hospitalario, pero también de familias, personas cuidadoras, trabajadorxs sociales y personal auxiliar. Un plan de cuidados se plantea desde una mirada holística, manteniendo presentes todas las intersecciones que afectan la salud de la persona en ese proceso.

Edadismo

Es la forma de discriminar a las personas por su edad, independientemente de si quien discrimina es mayor o menor, pero sobre todo atenta contra los procesos de envejecimiento. El sesgo edadista puede expresarse mediante actitudes negativas contra la gente mayor (o de edades que no sean la nuestra), prácticas abiertamente hostiles, o políticas que perpetúan estereotipos y dificultan la vida de la gente implicada. El sentimiento de base es, en la mayoría de los casos, un profundo miedo a la muerte, pero además al sufrimiento, el deterioro o desgaste corporal, la pérdida de la juventud y sus virtudes. Muy cercano al prejuicio edadista es el capacitista: un cuerpo que no es funcional según los dictámenes imperantes de trabajo y productividad capitalista, no sirve. La pandemia de la covid-19 pronunció esas dimensiones de la intolerancia, ya que expuso a las personas ancianas a mayores niveles de vulnerabilidad.

Minoría

La palabra no se plantea en términos numéricos, sino sobre todo en términos de poder y opresión. Las minorías sociales se caracterizan por la pérdida o ausencia no solo de privilegios sino incluso, muy a menudo, de derechos. A menudo, el imaginario mayoritario hace el ejercicio contrario de señalar a las minorías LGTBI como “poderosos lobbies” que intentan promover sus propias agendas a expensas del beneficio común, o incluso intentando quitarles oportunidades y derechos a la mayoría (cis, heterosexual, blanca, etc.). Ese mecanismo de proyección es característico de la verticalidad y del abuso de poderes intrínsecos a las mayorías.

Discriminación

El tratamiento injusto contra el colectivo por razón, en nuestro caso, de orientación sexual, identidad y/o expresión de género. Esa distinción es injustificable, opera de forma estereotipada y generalizada, y tiene efectos severos en la salud mental de la gente que la sufre. Aunque en muchas ocasiones se puede nombrar, la discriminación no es siempre detectable ni tratable, y hay todavía muchas resistencias e ignorancia a la hora de combatirla. Las microagresiones son una forma de discriminación que se expresa sútilmente, pero a la vez tienen un impacto directo y muy profundo en las personas.

Relaciones de familia

Las relaciones de familia de las personas LGTBI son más proclives a ser desafiadas. Aunque cada vez más familias aceptan a sus miembros con sexualidades, identidades y expresiones no normativas, sigue habiendo mucho prejuicio, secretismo y dificultad en aceptar esos aspectos. Por ello, muchas personas LGTBI a menudo construyen sus propias familias elegidas para contrarrestar los vínculos familiares rotos o tensos, y para sustituir el sentido de pertenencia que no se le ha podido ofrecer en su infancia y adolescencia. También estamos evidenciando nuevos modelos familiares, donde la gente progenitora pertenece al colectivo. Esto ayuda a la redefinición de la noción de familia, que va transitando igualmente hacia modelos más flexibles.

Formación

Formarse en temas LGTBI ha devenido casi una obligación para profesionales de la salud, educadores, profesionales de la administración y gente del tercer sector en las últimas décadas. Las formaciones implican una actualización de conceptos y conocimientos, una sensibilización a nivel afectivo, y aspectos prácticos de cómo atender y adaptarse mejor a las necesidades del colectivo. Sin embargo, a veces conllevan el peligro del solipsismo, o de pensar que hay una única manera de generar conocimiento al respecto. Por otro lado, hay tantas fuentes de formación especializada, que a veces su contenido o calidad se empiezan a cuestionar. Una formación tiene que incluir una perspectiva crítica y bien contextualizada, dejando de lado prejuicios, sesgos o presunciones de autoridad experta. Igualmente, es importante que las fuentes se renueven, y que tengan en cuenta las experiencias y los saberes en primera persona.

Capacitismo

Un eje de opresión que tiene como característica la discriminación por cuestiones de capacidad. Un término que ha surgido a la par que este, para señalar las responsabilidades de las estructuras que expulsan a las personas con discapacidad, es diversidad funcional. Según proponentes de esta terminología (por ejemplo, McGruer, 2007), así como quienes la han promovido en la literatura hispanohablante, entre otrxs Paco Guzmán, Mario Toboso o Soledad Arnau (en Toboso, 2017), el capacitismo carga los cuerpos de expectativas y desafíos, sin dar suficiente cuenta de que todos los cuerpos humanos, en algún momento vital o por una enorme multitud de razones, vamos a sufrir por no poder ser completamente “funcionales”. Esa misma ideología (o mirada) capacitista marca los cuerpos constantemente en funcionales y disfuncionales, productivos e inútiles, normales y tullidos.

Competencia cultural en salud

Las habilidades especiales que conciernen la atención adecuada a las personas del colectivo. Una formación enfocada en fomentar las competencias culturales entiende que hay cuestiones relacionadas con la salud que son particulares para la comunidad LGTBI, no porque sus miembros sean ‘ciudadanos de segunda’, sino porque se enfrentan a cuestiones que la población mayoritaria no se enfrenta. La competencia cultural empezó por los movimientos antirracistas de los años 70, cuando las ciencias de la salud se dieron cuenta de que las comunidades étnicas estadounidenses tenían otras necesidades y demandas que la gente blanca anglosajona, para posteriormente expandirse al terreno de las sexualidades minoritarias. Ahí, se vio que la necesidad de las personas de sentirse aceptadas y validadas era fundamental para su bienestar. Después de 2010, las competencias culturales empezaron a afinarse aún más, dando pie a manuales, directrices y protocolos específicos para gente trans, no binaria y género no fluido.

Maltrato

El menoscabo de una persona, que suele tener como punto de partida el abuso de confianza. El daño o sufrimiento causado pasa además fácilmente desapercibido. Maltratar a alguien puede tener varias manifestaciones distintas, a nivel físico, verbal, emocional, social, sexual, o una mezcla de ellos. La idea de que cada persona maltratada es una víctima, sin embargo, es condescendiente, no en el sentido de que no sea real el impacto que el maltrato deja, sino de que se le tiene que percibir como menos humana, menos ciudadana, menos sana.

Envejecimiento

El proceso natural de crecimiento que supone la adaptación de los cuerpos a los mandatos temporales. En la bibliografía imperante se plantea como una cuestión de declive, disminución de las capacidades cognitivas y físicas, y vulnerabilidad. Sin embargo, nuevas voces dentro en ciencias sociales, humanidades y los estudios gerontológicos critican las formas tradicionales de plantear el envejecimiento bajo una perspectiva incapacitante, y subrayan modelos biopsicosociales, críticos y activos de entenderlo, tomando como referencias las experiencias y narrativas de las propias personas (ver WHO, 2022).

Conexiones intergeneracionales

Son los vínculos sentimentales que se establecen entre gente de diferentes edades. Poder sentirse conectadas con las generaciones más jóvenes proporciona a las personas mayores LGTBI una seguridad de que no van a estar solas en la última etapa de su vida, y sobre todo las consuela de su propio valor. Puesto que muchas personas del colectivo no cuentan con nietos, eso automáticamente supone que los lazos familiares intergeneracionales se tienen que cubrir por otras redes o fuentes. Por ello, la existencia de servicios de socialización y de actividades creativas es de suma importancia. Por otro lado, la memoria colectiva de la que son portadoras las personas mayores es particularmente relevante para la historia LGTBI, y para que se mantengan vivas las dificultades, las luchas y las estrategias de supervivencia que han empleado las generaciones mayores.

Justicia social

Esta idea se suele tachar muy fácilmente de utópica, a pesar de que las derivas de injusticia y odio han sido precisamente resultado de la ausencia de un horizonte utópico. La justicia social bebe de la idea de restaurar la agencia y autoridad de aquellas personas y grupos sociales que han sido desposeídos de ellas a lo largo de la historia. Un proyecto de justicia intenta no solo aplicar leyes y norma a las personas según su estatuto y posición social, sino aplicar un modelo equitativo mientras responsabiliza a los agentes de discriminación por los males que han cometido.

Bienvejecer

Un acercamiento positivo al envejecimiento, no en un sentido superficial de hacer pasar ‘a la ligera’ experiencias difíciles o negativamente connotadas, sino profundo, de restructuración del cómo atravesamos los últimos años de nuestras vidas. Este proyecto tiene como fundamentos el trabajo de otorgar sentido a un buen envejecimiento que vaya más allá de los típicos planteamientos o directrices a seguir. Además, tiene en cuenta las diferentes intersecciones e historias de vida, que hacen que cada proyecto de envejecimiento se enmarque por distintas necesidades y puntos de vista.

Entonces, una cuestión muy importante a la hora de plantear un envejecimiento saludable no tiene que ver sólo con las formas de prevenir enfermedades, de la presencia o ausencia de salud física, mental, social y sexual, sino sobre todo de considerarse merecedorx de una vida saludable y digna. Partir de esa idea de merecimiento, sobre todo para aquellas generaciones que se encuentran ahora en su etapa mayor, y no se les ha enseñado cómo cuidarse de sí mismas lo suficiente, supone una actitud de justicia.

Igualdad

Un concepto pegajoso para la política, que últimamente parece perder su fuerza por haberse vaciado de significado. Se refiere a una simetría de acceso a recursos, una equivalencia de oportunidades para el desarrollo, que se distingue de la paridad, que proporciona los mismos recursos a todas las personas independientemente de sus necesidades. Nancy Fraser (2000) distinguió entre políticas de igualdad o reconocimiento y políticas de distribución, con el fin de marcar la igualdad real y efectiva bajo el segundo modelo, o quizá una combinación de los dos.