El bienestar físico incluye condiciones de salud que tienen que ver directamente con el cuerpo . Si envejecer implica tener una mayor posibilidad de declive y un mayor riesgo de padecer ciertas enfermedades (diabetes, demencia, problemas cardiovasculares, ictus y demás deficiencias cerebrales, deterioros de órganos de la digestión o de la metabolización, y un largo etcétera), eso ya nos da una idea sobre el rechazo que le suele provocar a la población general la posibilidad de ser mayor. De igual manera, tendemos a olvidarnos de aspectos saludables o protectores, de referentes mayores saludables, o de la educación que se enfoca en la salud primaria (sensibilización, prevención). La habilidad funcional y la movilidad pueden disminuir con la edad, lo que afecta las actividades de la vida diaria. Estrategias como el entrenamiento de fuerza o los ejercicios de movilización pueden ayudar a las personas adultas mayores a mantener la independencia funcional. 
Muchas personas mayores manejan a la par condiciones de salud crónicas . El bienestar mejora mediante el manejo eficaz de estas afecciones, controles médicos periódicos y el cumplimiento de los medicamentos prescritos. No se habla lo suficiente de la medicación, el acompañamiento a citas médicas, y las demás necesidades que a lo mejor requieren asesoramiento. La cronicidad se justifica como “normal” o esperable dentro del marco de salud de mayores, pero por eso no se trata propiamente. La ausencia de recursos económicos y materiales tiene un impacto directo en la salud física. Imaginémonos a una persona que no tiene acceso a calefacción en invierno; o acceso a agua limpia; o que se malnutre sistemáticamente. Las personas mayores del colectivo que no cuentan con redes u oportunidades exponen sus cuerpos a todo tipo de riesgo, multiplicado por estas intersecciones. ¿Cómo atender la salud de esas personas, si ya está muy avanzado su deterioro corporal? ¿Cómo plantear su cuidado desde una perspectiva de salud pública, pero también individualizada?
La cuestión del alojamiento está, sobre la misma línea que las demás cuestiones socioeconómicas, directamente ligada a la salud física, ya que la gente en situación de sinhogarismo realmente pierde años enteros de vida y se expone a muchos peligros por llevar solo pocos días en la calle. Una vivienda adecuada que satisfaga las necesidades cambiantes, ya sea mediante el envejecimiento en el lugar o la elección de opciones de vivienda alternativas, es crucial para el bienestar.
El enfoque biopsicosocial se rige por la idea de que hay una multitud de factores que interactúan entre sí a la hora de determinar la salud de las personas. El entorno social interactúa continuamente con parámetros psíquicos y con predisposiciones biológicas, teniendo como resultado un complejo mapa, donde no es siempre fácil distinguir a qué se debe cada problema de salud que pueda surgir, o cada parámetro protector. Aunque el modelo ha sido acusado de priorizar, en realidad, los factores biológicos por encima de todos los demás, y de no ser tan flexible o multifacético como aparenta, es verdad que ha supuesto un cambio de paradigma en la comprensión de la salud, viéndola de forma holística.

Cuerpo

Para la gente LGTBI, el cuerpo es un lugar lleno de inscripciones. Solemos compartir violencias, dificultades, señalamientos, dolores tanto emocionales como físicos, y esto nos ata a procesos de encarnación compartidos. Esto significa que nuestros cuerpos no son receptores pasivos o materias fijas, sino que interactúan constantemente con su alrededor, integrando la parte material de los sentidos y las recepciones con la parte lingüística de los símbolos y los códigos.

Para lecturas queer, es imposible disponer de un cuerpo sin la mediación de afectos. Esa perspectiva fenomenológica (Ahmed, 2019) desactiva todas aquellas tradiciones del cuerpo como mero receptor pasivo del entorno. La parte subjetiva de experimentar el cuerpo, así como la parte relacional de compartir el cuerpo, o de verlo en un contexto, dan una perspectiva activa, dinámica, co-construida. Eso saca la noción de cuerpo de los esquemas médicos, que lo disectan, dividen, distinguen para entenderlo en partes. Deleuze y Guattari (2004) hablan de un cuerpo sin órganos, es decir de un cuerpo no regulado o restringido por los mandatos y las estructuras impuestas sobre sus partes. Se trata de una metáfora de fluidez y liberación del cuerpo de aquellas lecturas homeostáticas tradicionales. Es importante para nuestro colectivo vernos los cuerpos en sintonía, en comunidad, en flujo y en transformación, y alejarnos de los mandatos de un “cuerpo estándar” o “normal”.

Educación inclusiva LGTBI

Los contenidos de una educación inclusiva no se definen de forma cerrada, sino que fluctúan según las necesidades y experiencias de cada contexto particular. Cuando hablamos de diversidad e inclusión en el aula, en entornos educativos más generalmente, o en ámbitos de especialización profesional, nos referimos a una educación sexual integral y adaptada a las necesidades (cognitivas, emocionales, contextuales) de cada grupo. Que lo LGTBI figure como apartado especial aparte o contenido suplementario, anexado a conocimientos “normales y corrientes” perpetúa la lógica de que se trata de un tema que no es transversal. Una educación inclusiva real suprime esos prejuicios, e integra las diferencias de manera activa y crítica.

Enfermedades crónicas

Aquellas condiciones o enfermedades que se alargan en el tiempo. Se suelen distinguir de las enfermedades con aspectos agudos o graves. En los últimos años, se han incluido en la categoría incluso conceptos más laxos de enfermedad, como las alergias, las intolerancias o las enfermedades autoinmunes. Lecturas contemporáneas leen las complejidades de la cronicidad desde perspectivas holísticas, es decir teniendo en cuenta todos los determinantes sociales que afectan a los cuerpos., El cómo esos últimos reaccionan arrastrando las dificultades a lo largo del tiempo depende de los niveles de vulnerabilidad, y las minorías LGTBI son más vulnerables. Medidas preventivas de la cronicidad (por ejemplo, mediante exámenes periódicos o campañas de sensibilización) pueden reducir su repercusión.