Es un sistema de códigos históricos y situados, que nos sirve para comunicarnos con los demás y con nosotros mismos. Se trata de un sistema de representaciones que, además, aunque es universal, tiene manifestaciones semánticas distintas para cada cultura y contexto geográfico y temporal -manifestaciones que no son exclusivamente verbales. El lenguaje no solo genera realidades, sino que, antes de ello, ofrece las posibilidades mismas de plantear y materializar su existencia.
Participar en el lenguaje implica, por un lado, perder algo de nuestra individualidad (pues las palabras se han inventado antes de nosotros, y nos sometemos a ellas antes de que ellas se sometan a nosotros), y por otro, estar condenados a sus reglas (pues o se castiga/aparta a quienes no lo usan o lo usan malamente). Sin embargo, casi todo sistema lingüístico es cisheterosexista, con lo cual las personas disidentes se suelen excluir de él desde el principio, y tienen que luchar para encontrar maneras de inscribirse en él. Por otro lado, convivimos con códigos diferentes, no únicamente culturales sino también temporales. Eso no implica necesariamente una ruptura, como nos ha suscitado el mito de Babel. Al contrario, lo que hay que poner en marcha son vías de comunicación a pesar o sobre la base de esa multitud de códigos.