Los factores corporales implicados en la salud sexual tienen mucho que ver con la imagen corporal; algunos de los más indicativos son:
Cambios físicos, esquemas de belleza, dolores, malestares, declive
Cambios hormonales por procesos de desarrollo, por procesos de transición
Cánones sociales de lo bello y lo feo
Cánones de funcionalidad asociadas a la imagen corporal canónica (lo que se llama lookism en inglés)
Esos factores se ven a menudo incrementados por el desconocimiento, tanto a nivel personal como a nivel profesional. La forma en la que nos condiciona no nuestra imagen en sí, sino la forma en la que pensamos en ella o la proyectamos a los demás, nos marca. Las expectativas que pensamos que tienen de nuestro cuerpo, sean reproductivas, productivas, o simplemente estéticas, son muchas y nos oprimen mucho más de lo que somos conscientes.
La autoimagen corporal no tiene que ver solo con los niveles de aceptación del propio cuerpo, en cuanto a la observación de los cambios físicos o la concienciación del paso del tiempo mediante dichos cambios, sino también con otros parámetros menos explorados. La falta de información y de recursos que enseñen a las personas cómo percibir, experimentar y relatar su cuerpo, puede dejar huellas importantes en el desarrollo de los afectos, tanto en la relación con el propio yo como en la relación con las demás personas.
Por otro lado, la somatización de conflictos emocionales o identitarios puede ser señal de dificultades más generalizadas, y que se hacen más patentes en las últimas etapas de la vida precisamente por el peso y la frustración que arrastran. La opresión histórica, la ausencia de referentes culturales, así como el estigma y la vergüenza crónicas forman parte de esa ausencia de verbalización, pero tampoco es una cuestión meramente individual.
Lo que sí tiene implicaciones muy materiales y cotidianas son las cuestiones de salud no detectadas, que por falta de nombramiento o por haber sido pasadas por alto tanto por la persona como por profesionales de la salud, pueden tener consecuencias hasta mortales.
Los estereotipos de género afectan mucho la autopercepción de las personas mayores del colectivo. Si dibujamos la sexualidad como siempre vinculada al cuerpo sano, adulto, bello, perfecto, perpetuamos estereotipos cisheteronormativosy enfocamos los cuerpos en la procreación, expulsando lo viejo, lo enfermo, o lo “no natural”.
Últimamente, movimientos de positividad corporal han intentado cambiar estos cánones, pero también han recibido escrutinio. Por ejemplo, personas gordas, que además reivindican el uso del término, han sido criticadas de “promocionar estilos de vida poco sanos”, incluso por “poner en peligro su propio cuerpo”. Queda pendiente todavía el debate sobre la definición de lo “saludable” o lo “sano” asociado a determinados cánones de belleza corporal que, en realidad, responden a elementos estéticos culturales, cambiantes y situados. Se comienza poco a poco a admitir desde las grandes marcas y corporaciones que los cuerpos delgados no presentan necesariamente un buen estado de salud, ni los cuerpos gordos suponen necesariamente condiciones de mala salud (ocurre en muchos casos al contrario).
Estos parámetros se confunden muchas veces interesadamente para generar pautas de comportamiento social asociadas al consumo que, por lo demás, no son en absoluto saludables, ni para el bienestar corporal ni para la salud mental. Cada cuerpo tiene unas necesidades y unas condiciones que deben ser escuchadas y acompañadas. La “delgadez” o la “gordura”, el estar más o menos cerca de un canon de belleza cultural, social y situado, no nos convierte en personas más o menos sanas. Son cosas diferentes y es importante atenderlas de esta forma para cuidar nuestra salud social. Ciertamente la maquinaria de vigilancia social sobre los cuerpos se ha impuesto fundamental e históricamente sobre los cuerpos de las mujeres, una práctica cultural que se extiende a los grupos minorizados. La cosificación, sexualización y vigilancia a las que se somete a las personas del colectivo LGTBI+ es un problema de mucha actualidad. Conforme vamos envejeciendo, la distancia con el canon de belleza (que además de delgado y funcional es, esencialmente, joven) hace aumentar la invisibilidad y el aislamiento.
En todo caso, es relevante pararnos a pensar cómo construimos la imagen que tenemos de nuestro cuerpo, nuestra identidad, nuestro yo que se relaciona con otras personas.
Sin embargo, fija todas estas cuestiones en zonas específicas del cuerpo, cuando esto no es así. Es más, esta fijación tiene implicaciones esencialistas: presupone que hay un componente fijo y biológico para las identidades, las atracciones o las expresiones, cuando todas esas están sumergidas, para todas las personas, dentro de un contexto histórico, social y cultural muy concreto.
Aunque puede resultar interesante desde una perspectiva culinaria, la persona pan de generogibre manda una idea errónea a quienes intentan aprender sobre nuestra comunidad. Nuestra vidas están llenas de complejidades, mezclas y cambios, como sucede con todas las personas. A la hora de plantear esquemas útiles para explicar conceptos, un compromiso real con el colectivo supone ser crítiques con lo que producimos y reproducimos.
En este vídeo, se narran las historias de personas intersex, sobre todo desde una perspectiva de aceptación social.
El miedo a características corporales no esperadas, el estigma social de las personas que no se reproducen o tienen cuerpos diferentes, el peso de la etiqueta anticuada “hermafrodita”, la reproducción de violencias de las intervenciones quirúrgicas y el paternalismo médico, todos abogan por una idea muy eugenésica de los cuerpos sexuados.
En esta entrevista, Camino Baró explica sobre los cuerpos intersex: osoiogo.com
No supe lo que realmente me pasaba hasta que tenía 28 años, y lo descubrí por puro azar. hablando desde mi experiencia personal, sí me habría gustado saberlo desde pequeña, para así aprender a vivir con ello y normalizarlo. De hecho, en la actualidad se recomienda que los niños y niñas intersexuales lo sepan entre los seis y los doce años, en función de la capacidad de comprensión del menor.
Las personas intersexuales representamos el 1,7% de la población mundial, es decir, casi dos de cada 100 personas, que no es poco. Muchas personas ven las intersexualidades como una anomalía, como un síndrome, e incluso como una discapacidad. Si aprendemos a respetar esta y otras diversidades, podremos avanzar realmente como sociedad.
Nos gusta usar este esquema para explicar que la identidad de géneroy las características sexuales son categorías distintas, pero que se interrelacionan.
Trauma histórico
El trauma histórico es uno de los parámetros que más evidencian la necesidad de dar justicia y restaurar los daños por la discriminación sistemática frente al colectivo. En el Estado español, hay una tradición muy especial de opresión y estigmatización por razones de orientación sexual y/o identidad y expresión de género.
Es importante comprender la distancia generacional que existe entre las personas que conforman ese paraguas que llamamos LGTBI+. Además de la distancia entre las propias letras, hay otros factores que generan asimismo percepciones y experiencias muy diferentes. Elementos centrales como la construcción de la propia imagen, la discriminación en distintos ámbitos y lo que cabe esperar como proyecto de vida, varían mucho entre miembros del colectivo también en función de la generación. Hoy en día convivimos con una visibilidad creciente de distintas realidades del colectivo LGTBI+, tanto en nuestro entorno cercano como en la producción cultural. Sin embargo, las personas mayores cargan con una trayectoria muy particular que arrastra el trauma de la discriminación sistémica violenta. Eso genera un colectivo de “distintas velocidades”.
Y más allá del malestar que causa que las cuestiones relativas a la comunidad LGTBI+ (por ejemplo, el acceso a unos derechos civiles) sean siempre objeto de debate público, hay un malestar específico que tiene que ver con la memoria herida. En el documental Nosotrxs Somos, de RTVE se explora algunas de estas realidades. El primer capítulo, “Amarillo”, pone en diálogo a las personas del colectivo que vivieron la represión franquista con personas jóvenes que viven hoy una realidad muy diferente:
El valor de los testimonios en ese sentido es enorme: es gracias a ellos que las nuevas generaciones de personas de la comunidad son conocedoras de los procesos de su liberación. Por otro lado, es gracias a las luchas y resistencias de las generaciones anteriores que hoy en día podemos vivir libres, al menos en contextos occidentales.
Es importante recordar que aquella generación que salió a las calles en 1977, o que en esa década vivía su infancia o juventud, es hoy mayor. La primera generación que fue consciente de pertenecer a un colectivo es la que hoy tiene de 60 a 90 años. Es la generación que ha atravesado estas diferentes etapas de representación política y cultural, la que ha transitado por estigmas y duelos, y la que siempre ha visto sometida al escrutinio del debate público el reclamo de sus derechos.
Esa memoria viva, que es a la vez testigo de la Historia, testimonio de realidades periféricas y parte complementaria para comprender el tejido social, es la memoria herida a la que nos referimos cuando hablamos de trauma histórico. Sobre ello, lo importante para nuestra salud social pasa por comprender que convivimos en un presente con distintas líneas temporales, es decir, con personas de distintos contextos, procedencias, situaciones y edades que, por fuerza, hemos experimentado cosas distintas. Las personas mayores del colectivo cargan con el peso de esas heridas históricas, traducidas en multitud de situaciones de discriminación (familiar, laboral, económica, etc.), con sus consecuentes implicaciones en el presente. Se trata, entonces, de ser conscientes de esa convivencia, de esa heterogeneidad, y de practicar la escucha y el diálogo. Aprender a no minimizar las experiencias de las personas, únicamente porque se hayan producido en el pasado, nos hará también tener una mejor relación con las nuestras, tanto de nuestro yo pretérito como de las expectativas que podamos proyectar hacia el futuro.
La devaluación de una persona o un grupo social por ser portador de una cualidad o identidad despreciable por parte de la mayoría. El estigma se puede manifestar con ataques, insultos, prejuicios, actos discriminatorios, y demás modos. Es posible que tenga carácter anticipado también, aventurando potenciales rechazos antes de que o sin que ellos realmente se materialicen. Es difícil que las personas salgan del registro del estigma, puesto que incluye creencias muy arraigadas. La comunidad LGTBI ha sido durante mucho tiempo asociada a la peligrosidad, la marginalidad social, la enfermedad, pero también la tentación, el hedonismo y el contagio. El cuerdismo o mentalismo, es decir la tendencia a pensar que todas las personas son (deben ser) faltas de trastornos mentales o problemas cognitivos.
Redes de apoyo comunitario
Las relaciones que consiguen paliar las rupturas familiares de muchas personas LGTBI. Generar una sensación de pertenencia y comunidad entre nosotrxs es importante, puesto que tenemos necesidades tanto sociales como de salud o de trabajo que son distintas a la mayoría, y que por más que haya alianzas solemos cubrir entre iguales. Los valores de apoyo mutuo y de participación ciudadana facilitan que estos lazos sean horizontales -sin que eso signifique que sean siempre así. Estrategias queer de apoyo comunitario cuestionan la idea de que los lazos tengan que ser fijos y permanentes, apostando, al revés, por la fugacidad y utilidad en el momento.
Exclusión
Una serie de prácticas que conducen a ciertas personas hacia los márgenes sociales. Excluir no implica necesariamente desposeer a las personas de oportunidades o recursos de forma activa. En varias ocasiones, funciona a nivel tácito. El sistema que genera las exclusiones no suele ni nombrarlas como tales, ni asumir la responsabilidad sobre ellas. Las personas excluidas, sin embargo, percibirán las barreras a la hora de no poder participar de los espacios públicos, las opciones y las dinámicas cotidianas de la forma que ellas deseen. La exclusión es un elemento necesario para la construcción de la identidad; al fin y al cabo, nos definimos a través (también) de lo que no somos. Pero cuando la exclusión no es simplemente constitutiva, sino que implica la ejecución de violencias, entonces hablamos de exclusión social, de prácticas de silenciamiento, o de estigmatizar la otredad.
Educación inclusiva LGTBI
Los contenidos de una educación inclusiva no se definen de forma cerrada, sino que fluctúan según las necesidades y experiencias de cada contexto particular. Cuando hablamos de diversidad e inclusión en el aula, en entornos educativos más generalmente, o en ámbitos de especialización profesional, nos referimos a una educación sexual integral y adaptada a las necesidades (cognitivas, emocionales, contextuales) de cada grupo. Que lo LGTBI figure como apartado especial aparte o contenido suplementario, anexado a conocimientos “normales y corrientes” perpetúa la lógica de que se trata de un tema que no es transversal. Una educación inclusiva real suprime esos prejuicios, e integra las diferencias de manera activa y crítica.
Cisheterosexismo-cisheteropatriarcado
La palabra trata de unificar ejes de opresión que, por importante que haya sido tratarlos de forma separada a nivel analítico, se mantienen pegadas y operan en conjunto. La versión “predeterminada” de corporalidad e identidad implica el alineamiento entre sexo asignado al nacer (pongamos que masculino), identidad de género (hombre cis, en este caso), expresión de género (viril) y orientación sexual (heterosexual). Dicho de otro modo, los cuerpos se suelen presuponer de cierta índole, y si algún aspecto suyo sale de esos cánones de congruencia, se vigilan, se aíslan, se corrigen y se ratifican. El problema con el cisheterosexismo es que suele pasar desapercibido, y que cuesta mucho esfuerzo revelar y deconstruir sus premisas. Sus premisas normativas (de ahí que hablemos de cisheteronormatividad también) llegan a definir toda la vida social generizada y sexualizada actual.
Identidad de género
Contrariamente a las definiciones típicas que circulan, sobre la identidad de género como el sentimiento profundo o la percepción de la persona respecto a su género, que puede o no diferir de su sexo asignado al nacer, modelos más relacionales de comprender el término ponen el foco no tanto en la determinación o la convicción, sino en los procesos de reconocimiento, aceptación y exclusión que determinan si una persona va a definirse como hombre, mujer, persona no binaria, persona agénero, u otra categoría. En ese sentido, la identidad de género señala procesos de pertenencia o membresía a una comunidad generalizada, mucho antes de aludir a la masculinidad o la feminidad como rasgos psicológicos (Wood & Eagly, 2015). El carácter intersubjetivo de la identidad de género es fundamental para comprender que, independientemente de si una persona es trans o cis, su propia identidad de género va a ser puesta en contexto, y no es un parámetro esencial.
Expresión de género
Se trata de todos aquellos aspectos relacionados con la apariencia personal, la vestimenta, las expresiones faciales, los gestos y demás señales de género, que tradicionalmente han ocupado la masculinidad y la feminidad hegemónicas. Expresiones alternativas (mezcladas o desvinculadas de esos registros) han sido durante gran parte de la historia castigadas, salvo quizá por espacios de escenificación o creatividad artística. La expresión de género está vinculada a los roles de género, es decir las expectativas y estereotipos de conducta, apariencia y elocuencia asignados a hombres y mujeres. Lo drag ha supuesto una revolución en cuanto a la ridiculización de esas inscripciones, y ha planteado el género expresado en términos de juego.
Características sexuales
Son las características biológicas relacionadas con el sexo asignado al nacer, y se suelen dividir entre gónadas (glándulas sexuales o gametos), cromosomas (XX, XY, u otros) hormonas (estrógenos y andrógenos), características externas primarias (genitales) y secundarias (Nuez de Adán, pechos, caderas) del sexo. Se prefiere dicha terminología, puesto que marca un distanciamiento con las perspectivas esencialistas de entender el cuerpo y sus funciones. Entender el sexo como multidimensional no es por desvalorizarlo; de hecho, no es que los estudios de género atenten contra él, o deseen su desaparición. Al contrario, revela que haber insistido históricamente en su uniformidad ha sido un acto ideológico.
Afirmación de identidad
Es un conjunto de prácticas, tanto cotidianas y sociales como profesionales, que facilitan la autoaceptación respecto a la identidad/expresión de género u orientación sexual. El enfoque afirmativo no es una escuela psicológica, como el psicoanálisis o el conductivismo. Más bien supone un cambio de mirada para respetar la perspectiva y agencia de la propia persona. Ese giro en la mirada está asociado a cambios de paradigma de atención en salud, sobre todo mediante el enfoque basado en la persona, la competencia cultural y la perspectiva de consentimiento informado en consulta. Sin embargo, se extrapola a otros ámbitos de la vida social, para subrayar la importancia de respetar la autodeterminación de las personas, y de no imponer nuestras propias visiones o concepciones para ellas, sin que ellas den su consentimiento para ello.
Orientación sexual
La orientación sexoafectiva ha sido un campo de debate en la ciencia occidental, sobre todo a lo largo del siglo pasado. Una cuestión que ha provocado muchas discusiones al respecto ha sido el origen de las sexualidades disidentes o no normativas. La preocupación del discurso dominante en ese sentido se podría reducir en la pregunta: ¿cuál es la causa de la homosexualidad (o la bisexualidad, o toda sexualidad que no sea la “normal”)? ¿Es adquirida, entonces moldeable, o genética? Según la teórica Eve Kosofsky Sedgwick, estas preguntas son erróneas, porque no interrogan nunca el por qué la heterosexualidad se queda a salvo de estas mismas preocupaciones. En su lugar, propone otra distinción: ¿se vive la sexualidad, sea ella heterosexual, homosexual, bisexual, etc., de manera universalmente compartida, o se trata de una experiencia extremadamente individual?
Por otro lado, ¿qué se entiende como orientación sexual, cómo la valoramos? ¿Se define por nuestros actos, por nuestras inclinaciones químicas o preferencias culturales, o es una identidad? Preguntas como estas preocuparon a teóricxs como Michel Foucault, David Halperin, o la misma Kosofsky. Modelos actuales plantean que la experiencia de la sexualidad tiene componentes biológicos, pero no se puede entender solo por esa vía, sino que es un ensamblaje de factores, único para cada persona, que incluye, cómo no, influencias sociales, lingüísticas, culturales, biográficas, y demás.
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