Para la gente LGTBI, el cuerpo es un lugar lleno de inscripciones. Solemos compartir violencias, dificultades, señalamientos, dolores tanto emocionales como físicos, y esto nos ata a procesos de encarnación compartidos. Esto significa que nuestros cuerpos no son receptores pasivos o materias fijas, sino que interactúan constantemente con su alrededor, integrando la parte material de los sentidos y las recepciones con la parte lingüística de los símbolos y los códigos.
Para lecturas queer, es imposible disponer de un cuerpo sin la mediación de afectos. Esa perspectiva fenomenológica (Ahmed, 2019) desactiva todas aquellas tradiciones del cuerpo como mero receptor pasivo del entorno. La parte subjetiva de experimentar el cuerpo, así como la parte relacional de compartir el cuerpo, o de verlo en un contexto, dan una perspectiva activa, dinámica, co-construida. Eso saca la noción de cuerpo de los esquemas médicos, que lo disectan, dividen, distinguen para entenderlo en partes. Deleuze y Guattari (2004) hablan de un cuerpo sin órganos, es decir de un cuerpo no regulado o restringido por los mandatos y las estructuras impuestas sobre sus partes. Se trata de una metáfora de fluidez y liberación del cuerpo de aquellas lecturas homeostáticas tradicionales. Es importante para nuestro colectivo vernos los cuerpos en sintonía, en comunidad, en flujo y en transformación, y alejarnos de los mandatos de un “cuerpo estándar” o “normal”.