La orientación sexoafectiva ha sido un campo de debate en la ciencia occidental, sobre todo a lo largo del siglo pasado. Una cuestión que ha provocado muchas discusiones al respecto ha sido el origen de las sexualidades disidentes o no normativas. La preocupación del discurso dominante en ese sentido se podría reducir en la pregunta: ¿cuál es la causa de la homosexualidad (o la bisexualidad, o toda sexualidad que no sea la “normal”)? ¿Es adquirida, entonces moldeable, o genética? Según la teórica Eve Kosofsky Sedgwick, estas preguntas son erróneas, porque no interrogan nunca el por qué la heterosexualidad se queda a salvo de estas mismas preocupaciones. En su lugar, propone otra distinción: ¿se vive la sexualidad, sea ella heterosexual, homosexual, bisexual, etc., de manera universalmente compartida, o se trata de una experiencia extremadamente individual?
Por otro lado, ¿qué se entiende como orientación sexual, cómo la valoramos? ¿Se define por nuestros actos, por nuestras inclinaciones químicas o preferencias culturales, o es una identidad? Preguntas como estas preocuparon a teóricxs como Michel Foucault, David Halperin, o la misma Kosofsky. Modelos actuales plantean que la experiencia de la sexualidad tiene componentes biológicos, pero no se puede entender solo por esa vía, sino que es un ensamblaje de factores, único para cada persona, que incluye, cómo no, influencias sociales, lingüísticas, culturales, biográficas, y demás.