Es la forma de discriminar a las personas por su edad, independientemente de si quien discrimina es mayor o menor, pero sobre todo atenta contra los procesos de envejecimiento. El sesgo edadista puede expresarse mediante actitudes negativas contra la gente mayor (o de edades que no sean la nuestra), prácticas abiertamente hostiles, o políticas que perpetúan estereotipos y dificultan la vida de la gente implicada. El sentimiento de base es, en la mayoría de los casos, un profundo miedo a la muerte, pero además al sufrimiento, el deterioro o desgaste corporal, la pérdida de la juventud y sus virtudes. Muy cercano al prejuicio edadista es el capacitista: un cuerpo que no es funcional según los dictámenes imperantes de trabajo y productividad capitalista, no sirve. La pandemia de la covid-19 pronunció esas dimensiones de la intolerancia, ya que expuso a las personas ancianas a mayores niveles de vulnerabilidad.
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