La palabra trata de unificar ejes de opresión que, por importante que haya sido tratarlos de forma separada a nivel analítico, se mantienen pegadas y operan en conjunto. La versión “predeterminada” de corporalidad e identidad implica el alineamiento entre sexo asignado al nacer (pongamos que masculino), identidad de género (hombre cis, en este caso), expresión de género (viril) y orientación sexual (heterosexual). Dicho de otro modo, los cuerpos se suelen presuponer de cierta índole, y si algún aspecto suyo sale de esos cánones de congruencia, se vigilan, se aíslan, se corrigen y se ratifican. El problema con el cisheterosexismo es que suele pasar desapercibido, y que cuesta mucho esfuerzo revelar y deconstruir sus premisas. Sus premisas normativas (de ahí que hablemos de cisheteronormatividad también) llegan a definir toda la vida social generizada y sexualizada actual.
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